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¿Murió la novela?

por Raúl Bravo

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Esta serie de artículos responde a ciertas provocaciones que han despertado en mí otros textos igualmente publicados en diferentes plataformas informativas y de divulgación como esta. De eso se trata un poco la literatura, ¿no?  De provocar, cuestionar, discutir… Así pues, agradezco a quienes hayan lanzado la primera piedra. Al César lo que es del César. 

   Inicio, entonces, este primer manuscrito trayendo a la memoria un ensayo del escritor brasileño Rubem Fonseca, fallecido hace unos cinco años en pleno Río de Janeiro. En realidad, fue el título del libro de su autoría (La novela murió, 2008), el que literalmente me obligó a detenerme frente a una estantería de libros en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. 

   En el cuerpo del ensayo al que hago alusión (¿Murió la novela?), Fonseca, con el manejo chispeante del humor que lo caracteriza, hizo un recuento sucinto de los acontecimientos o, como bien hace mención, anuncios, que han aparecido a lo largo de la historia de la literatura sobre la supuesta desaparición próxima de la novela como el género por excelencia de la literatura de ficción. Y lo hizo mediante un breve recorrido que va desde el lanzamiento a principios del siglo XX del automóvil más popular construido en una línea de ensamble, el Ford Modelo T (¿Qué tiene que ver con la literatura de ficción?). Aquí evito espolear la explicación curiosa que nos comparte Fonseca.

   La siguiente anunciación ocurrió con el surgimiento del cine como el séptimo arte (Ahora, sí, por fin, la literatura llegaba a su fin). Pero no fue así. Después con la llegada de la televisión (No había salvación alguna). Pero tampoco sucedió nada. Finalmente, la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación (Tic’s) sería el puñado de tierra sobre el féretro. Otra falsa alarma. No obstante, algo realmente estaba pasando. Y aventuraba que quizás lo que está sucediendo no es que la literatura de ficción se esté acabando, lo que está desapareciendo son los lectores, hasta llegar a la paradoja de que sea el lector el que desaparezca, no el escritor. “O sea, ¿Qué la literatura de ficción y la poesía continúen existiendo, aunque los escritores escriban para tres gatos?” Por lo que a mí respecta, confieso que conozco más “escritores” que “lectores”. 

   Y aquí pregunto si alguna persona lectora tiene algún dato que englobe el medio universitario de Guanajuato, es decir, cuál es el porcentaje sobre hábitos de lectura entre los universitarios. Yo lo desconozco. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), arroja que en México, el promedio anual de libros leídos por persona es de 1.7, considerando toda la población. Fonseca llegó a conclusiones más espantosas: treinta y seis por ciento de los encuestados ─estamos hablando de universitarios brasileños─ nunca habían leído un libro de ficción. Una minoría leía uno o dos libros de ficción durante el año. ¡La mayoría había leído un libro en toda su vida!

   No hace falta señalar todas las implicaciones que arrojan los resultados de la encuesta anteriormente citada: deficiencias en las capacidades cognitivas básicas, como la habilidad de comprender variables, hacer proposiciones, identificar lagunas de información, distinguir entre inferencias y observaciones, razonar hipotéticamente y ejercitar la metacognición, por mencionar algunas. En resumen: Abandonar la lectura como la herramienta social para procesar información, orilla al individuo a estar sujeto a una condición individual de supervivencia económica, exclusivamente (¿Les suena familiar tal situación?).

    Para finalizar, el ensayista brasileño trajo a colación el síndrome de Camóes, metáfora de resiliencia que nos habla de un joven escritor portugués apresado por revoltoso, su autoexilio a la India, en donde permaneció durante diez años para finalmente regresar a su terruño en Portugal. Durante la travesía, el navío naufragó. Y la única preocupación durante el naufragio, fue salvar la epopeya en manuscrito de Los Lusiadas, sin importar que a consecuencia de dicha acción muriera ahogada su pareja. Era el siglo XVI y para ser francos muy poca gente en Portugal sabía leer. Entonces, nos preguntamos junto con Rubem Fonseca: ¿Para que los leyera quién?

   Así las cosas, al parecer no importa mucho preocuparse si se van a acabar los lectores o no, porque de lo que sí podemos estar seguros es que, por lo menos en Guanajuato, los escritores y las escritoras seguirán escribiendo aunque sea para un puñado de lectores. 

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Raúl Bravo es lector, poeta, ensayista y gestor cultural. Reside desde hace más de veinticinco años en Guanajuato, donde ha desarrollado proyectos culturales independientes y gubernamentales. Es autor de los poemarios Quebrantamientos (1992),  A la orilla de los días (2007), Labrys (Los Otros Libros, 2015), Geometría del deseo (Los Otros Libros, 2019). Escribió el libro de minificciones La otra cara del cielo (Editorial Mixcóatl, 2001) y los de ensayos Lectura y democracia (Los Otros Libros, 2011) y De qué hablamos cuando hablamos de leer (Los Otros Libros, 2023). Es autor del ensayo "Apuntes sobre un cocodrilo revisitado", en Efreín Huerta, El alba en llamas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2002) y de varios ensayos sobre promoción y difusión de los hábitos lectores. Ha sido coordinador académico de Literatura y Teatro y coordinador estatal de Salas de Lectura y del programa Fomento a la Lectura. Actualmente es coordinador de Promoción Editorial de Ediciones La Rana, casa editora de la Secretaría de Cultura de Guanajuato.

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