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Jacarandas
por Ana Paulina Calvillo

Isabela aspiró el olor a tierra mojada. Eran las tres de la tarde, una hora poco propicia para salir. De cualquier manera, prefería quedarse bajo el ventilador de la terraza, al resguardo de la primavera, con un martini cerca. Desde su lugar dominaba el horizonte, veía la avenida desaparecer en el centro comercial y el lago en lontananza. Percibía —o adivinaba— el alboroto de los jóvenes con sus deportes acuáticos y se sintió vieja.

Un niño rubio, echado en la entrada de la casa vecina, la cautivó. No era que armara un avión de gasolina como los que ella hacía volar con su papá cuando era pequeña, sino que estaba justo ahí, en ese pedazo de paraíso que sólo sirve para marcar una brecha entre el camino y la intimidad.

En Jacarandas las albercas están en las terrazas o en los jardines traseros que extienden sus hectáreas en el horizonte y colindan con el campo de golf. Jacarandas vio crecer a Isabela y a sus hermanas, Galia y Alina. En vacaciones de verano acostumbraban recorrer algún pueblito virreinal elegido por su madre. Compraban plata, sarapes o canastas de mimbre según ofreciera el sitio, algunas veces iban a McAllen para renovar el guardarropa. En diciembre la pasaban con la abuela. La casa del lago era su paraíso de primavera.

El sol caía sobre la piel tierna del niño y los padres no aparecían por ningún lado, al menos eran invisibles desde su posición. Debían ser jóvenes como ella misma cuando nació Alonso. En Jacarandas los niños siempre la remitían a su propia niñez, al placer de nadar en cualquier momento, a las competencias, a pararse de cabeza en el pasto —que era más grueso que el de la ciudad y daba una comezón placentera en la espalda y en las piernas.

Las vacaciones duraban un mes; aunque las clases en la escuela hubieran reanudado, ellas no volvían a tiempo. La casa era puro regocijo; Isabela podía sentirse igual a Galia sin las tablas de multiplicar ni tareas que la pusieran en desventaja. No le hablaban en inglés o en francés, en cambio, inventó un lenguaje a señas que compartía con sus hermanas. Disfrutaban las puestas de sol, las horas en la alberca, las primeras incursiones al lago sin mamá y la llegada de papá el viernes por la noche, porque durante la semana era su madre la que hacía las compras y las llevaba por helados.

Era una lancha y no un avión. Isabela pudo verlo cuando el niño terminó de armarla. Una lancha de motor, de las que se manejan a control remoto. ¿Qué va a hacer?, ¿acaso irá al lago para estrenarla él solo? Se preguntó cómo hubiera sido su infancia sin sus hermanas, su juventud sin Galia ni Alina. Sobre todo Galia.

En Jacarandas estrenaron la adolescencia. Aprendieron a esquiar y se lanzaron en paracaídas. Cambiaron los helados por cerveza y se depilaron las piernas. Jacarandas con familia, amigos, novios. Viajar ahí en las fiestas patrias y en Año Nuevo, lo mismo en verano que en invierno. Jacarandas para la boda de Alina que fue la primera en casarse, aunque era la más joven. Las veladoras flotando sobre la alberca, champaña y seducción, invitados de su madre, invitados de su padre, todos juntos. La casa con esposos y después con Alonso y los sobrinos. La casa para ella sola, con el ojo morado y odiando a su marido; la casa con Galia, que llegó a rescatarla.

Cuando su madre murió de un ataque al corazón —pues se preocupaba demasiado—, Alina propuso que esparcieran sus cenizas en el lago. Galia opinó que todos, algún día, deberían ir a parar allí, al fondo. Los demás estuvieron de acuerdo.

A los niños les llegó la adolescencia. Aprendieron a esquiar y se tiraron del paracaídas. Cambiaron los helados por cerveza y los autos sustituyeron a las patinetas. Adoptaron Jacarandas para fiestas y parrandas. La casa se volvió un antro de fin de semana en cualquier época del año. Alonso dejó la universidad y puso un negocio en el centro comercial; se instaló de lleno en la casa de lago. Alina lo culpaba por corromper a sus hijos, pero Galia lo defendía. Lo defendió hasta el último momento, incluso después del accidente. ¿Cómo iban a saber lo que sucedió en realidad? El perito no pudo determinar quién conducía y cuando sacaron los cuerpos del auto, estaban calcinados. Isabela recibió la llamada. ¡Alonso, su Alonso, su Alonso y los sobrinos! Cómo iba a decirle a Galia y Alina, cómo era posible que ella diera la noticia.

El día del funeral —cuando esparcieron las cenizas en el lago— las hermanas se despidieron sin saberlo ni planearlo ni poder mirarse a los ojos. Alina regresó a la ciudad esa misma tarde. Isabela y Galia pasaron la noche en la terraza; sólo una arcada o un gemido involuntario rompían esporádicamente el silencio.

La casa se quedó sin jóvenes y sus madres regresaron pocas veces.

—¿Qué harás con tu bote? —gritó Isabela desde la terraza.

El niño se encogió de hombros y ella le hizo un gesto, invitándolo a su jardín. Estrenaron el bote en la alberca, hablando apenas lo necesario para intercambiar indicaciones.

Cuando comenzó a oscurecer, un hombre llamó desde el otro lado de la calle. El pequeño le dio a Isabela un beso mojado y salió corriendo hacia su casa.

Alina llegó antes de la media noche. Hacía más de diez años que no se veían e Isabela tenía miedo del encuentro; Alina, en cambio, no titubeó, subió a la terraza y abrazó a su hermana. Fue un abrazo largo y calmado. Después de todo, ahora estaban solas. Isabela se preguntó qué hubiera sido de ella sin sus hermanas. Sobre la barra de la terraza, a un lado de las copas, de la ginebra y del vermú, reposaba la caja con las cenizas de Galia.

© Ana Paulina Calvillo, del libro Marca de agua (Ediciones Ficticia / Ediciones La Rana, 2023)

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Narradora, editora e impresora de cuarta generación, Ana Paulina Calvillo nació en la Ciudad de México en 1974 y radica en Guanajuato capital desde finales del siglo XX, donde realiza proyectos culturales y de promoción a la lectura y es directora editorial de Los Otros Libros. Cuentos suyos forman parte de la antología Palabra Germinales (Ediciones La Rana, 2002) y Premios de Literatura León 2020 (Instituto Cultural de León, 2020). De su producción dramática publicó Los Reyes (Los Otros Libros, 2020) y es autora del libro de cuentos Marca de agua  (Ficticia, Ediciones La Rana, 2023)

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