
Salva-guardando
por Ema Rangel

¿Coleccionas libros o construyes bibliotecas?, He sabido de personas que, con voz baja,
confiesa tener apenas un par de libros en su casa, y hay quienes con “una sonrisa de oreja
a oreja” casi nos presume lo complicado que es andar por los rincones de su habitación,
dado el cúmulo de libros que invaden hasta el colchón.
En ambos casos, aplica muy bien el término biblioteca, aunque en las definiciones de
algunas instituciones u organizaciones mundiales y nacionales se haga referencia a un
número determinado de ejemplares catalogados y bien organizados. Podemos coleccionar
muchas cosas, porque tenemos un gran gusto que se transforma en afición y quizás luego,
en preocupación desmedida por poseer una obra recién descubierta.
Leer no es precisamente un privilegio, siempre será una opción en nuestra larga y
accidentada existencia. Nadie está exento de sufrir alguna penalidad o desencuentro, o una
dulce sensación que nos marcará una determinada experiencia, nos pasa en familia, en la
escuela, el trabajo… transitando la calle. Entonces, el encuentro casual con un texto puede
ser un cambio en nuestras vidas. Los libros tienen magia, decía un gran pensador y
científico “nos acercan a las grandes mentes del pasado”, como también alguien dijo “nos
permiten vivir muchas vidas”.
¿En dónde o bajo qué circunstancia leer puede ser un privilegio?, vemos el mundo a nuestro alrededor: regiones en guerra, zonas que padecen hambre, personas desplazadas de sus pueblos por la violencia… mujeres privadas de sus derechos en sus propios hogares. Si, cuando en casa la lectura brilla por su ausencia, a la vida le falta un aromatizante que solo se puede generar con el alimento que nutre el buen saber.
Es posible que antes a estos lugares o espacios invadidos por el sabor amargo de la
inseguridad, les haya precedido una falta del hábito de la lectura, claro entre otras muchas
otras, pero, ¿no se vale plantear una hipótesis como ésta?: si en la familia nunca se
comparte una virtud como intercambio de ideas y conocimientos para sortear los problemas
de la vida y teniendo al libro como instrumento, los maleficios del miedo y las supersticiones
entran por la puerta.
Me hubiera gustado saber, que en donde las familias han tenido éxito para que los hijos
terminen cierto grado de estudios, emprendan un negocio familiar, o se formen
profesionistas exitosos, hubo al menos un par de libros que los haya acompañado en sus
diálogos durante la comida, antes de ir a dormir, o un buen fin de semana en la sala o en el
parque. ¿Acaso soy una ilusa soñadora?
En mi experiencia como bibliotecaria, me permito interrogar a mis usuarios sobre ciertos
hábitos que tienen, tanto de manera individual como en familia. Los datos que obtengo son
preocupantes, y por eso, trabajo en cierta estrategia para depositar en ellas o ellos, si me lo
permiten, mensajes alentadores sobre los beneficios de leer. En su mayoría me confiesa
que tienen sólo uno o dos libros, de los cuales, algún miembro de la familia se permite leer
una vez al año. Hay casos que no tienen libros excepto los escolares, y en ocasiones
mencionan alguna revista o enciclopedia.
De éstas últimas, recibo a manera de donación, al menos una vez al mes, colecciones
enteras de enciclopedias editadas en los años ochenta o noventas del siglo pasado,
curiosamente en muy buenas condiciones, mostrando el escaso uso que tuvieron, aunque
para mí, representan un valor extraordinario, pero ya caído en desuso por obvias y
razonables circunstancias debido a las nuevas tecnologías de la información, las redes
sociales y la supuesta “Inteligencia Artificial”.
Quienes han decidido deshacerse de sus viejas colecciones de libros han comprendido muy bien que esta forma de consulta representa un esfuerzo innecesario, y no estamos en
tiempos de invertir nuestro valioso tiempo en técnicas de consulta ampliamente rebasadas.
Las colecciones de libros en estos tiempos ya no son, supongo, para los que contienen
grandes tratados de ciencias, historia o tratados de asignaturas académicas. Si bien son
indispensables para registrar y permear en el conocimiento y el saber de los académicos,
educandos e investigadores, son los medios electrónicos los que facilitan su uso. En
cambio, la literatura con diversas obras como novela, cuento o poesía, aunque pueda
coexistir con el formato impreso tradicional, se presta todavía a esa forma más humana, en
la idea estricta de combinar los sentidos, es decir, de sentir su textura en las manos, de
pasear las hojas entre los dedos y digerir las palabras que antes estuvieron en la mente de
la o del escritor.
En fin, entiendo que, para ustedes lectoras y lectores, suena trillado el hacer mención de
esta forma romántica y/o casi nostálgica por la forma en que podemos acostumbrarnos a
leer, usando libros impresos, por supuesto. Pero, deposito en mis pensamientos la pregunta
de, si estamos salvaguardando una colección de historias y si este cúmulo de textos
colocados en papel, sobre una estantería improvisada a un lado de nuestra cama, de
nuestro ropero, junto al baño o debajo de la escalera representa un triunfo contra las
inclemencias del mundo devorador de nuestros momentos y espacios físicos de
convivencia.
Urgen lograr que una combinación de hábitos de lectura con la tecnología, representen una esperanza por las nuevas generaciones, la virtud del pasado con la imparable creatividad del mundo de hoy.

Ema Rangel
Bibliotecaria y promotora de lectura. Trabaja desde hace 13 años en
la Red de Bibliotecas Públicas Municipales de León, formadora de
niñas y niños escritores donde ha obtenido los primeros lugares
reconocidos en varias ediciones de la Feria Nacional del Libro de
León (FENAL). Colabora con la Asociación Civil ProArte y Cultura de
León, AC y con la IFLA's Libraries for Children and Young Adults
Section con el tema Bibliotecas en Peligro (2025).
Correo electrónico: ema.delia.rangel@gmail.com

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